{Your eyes and brows, your side profile
Your neck and shoulders, your loveliness
Your everything from head to toe
deeply I’ve fallen.}

sábado, 13 de agosto de 2011

Rincón del alma oscura.


Rincón del alma oscura.

La casa estaba a oscuras, ni siquiera se filtraba la luz de los faroles de la calle. No había vida que hiciese ruido en aquel lugar más que el mecánico tic toc del reloj despertador. Y ese molesto ruido, pensado como pasos, lo despertó sobresaltado. Pero aquel sobresalto fue el único movimiento que pudo ejercer su cuerpo.
Estaba sentado en el piso con su cabeza inclinada sobre el pecho, su espalda recargada sobre el borde del sillón, sus brazos colgando al costado de su cuerpo. Inhaló una buena bocanada de aire muy despacio asegurándose de que sus pulmones se llenasen, queriendo sentir algo. Algo que no fuese dolor.
Apoyó uno de sus pies en el suelo, luego el otro. Levantó su mano y la apoyó sobre el borde del sillón; repitió esa acción con la otra mano. Utilizó los músculos de su espalda para levantarse, con su cuerpo embriagado en sensaciones que lo mareaban y le hacían temblar como si fuesen convulsiones.
Falló en su intento de pararse, no sabiendo muy bien porqué. Pero al menos había logrado sentarse en el sillón… Que ninguna diferencia hacía con el piso. Suspiró tirando la cabeza para atrás, apoyándola en el respaldo del sillón, comenzando a respirar agitadamente. Una estupidez para cualquiera el pasar del piso al sillón, pero él se había cansado en el proceso.
Tiró su cabeza para adelante y clavó su vista en su bajo vientre y sus muslos. Estaban mojados, más precisamente manchados con café; giró su cabeza encontrando la taza rota en el suelo. Era un torpe.
Hizo memoria, apoyando sus codos en las rodillas y tapando su rostro con sus manos.
¿Cuánto tiempo exactamente había pasado desde el inicio? ¿Tres años?
Sonrió débilmente, recordando la sonrisa de tonta que tenía ella cuando lo veía, como retorcía sus manos en nerviosismo cada vez que estaban cerca. El olor de su perfume aún rondaba por su nariz como si apenas lo hubiese olido, y mientras olía recuerdos, su mente comenzaba a rellenarse de éstos como si estuviesen llenando un vaso vacío. Vacío, al menos, estaba su corazón.
Un día en el parque, hamacándola bajo el sol o la lluvia, mientras escuchaba una sutil risa escapar por sus labios luego de haberle gritado que era increíblemente infantil. Una noche en un museo, encerrados accidentalmente. Y nuevamente su risilla.
No sabía hace cuanto no comía y tampoco le importaba; le bastaba con saber que estaba débil, que estaba roto por dentro al igual que él, que su amor. Un impulso guió su cuerpo a levantarse y a dirigir sus pasos hacía la habitación, donde se encontraba la única luz que tenía ahora.
Por que sí, luego de la pérdida de su mejor amiga, de su risilla y sus ojos risueños, la única persona que le quedaba era su novio.
Abrió la puerta con sigilo, viéndolo dormido sobre la cama. Él no se había enterado de nada, porque lo había tratado de disimular.
Cayó al suelo pero aún así insistió y siguió gateando hasta la cama, hasta llegar al borde y zarandear a su novio para que despertara. Y lo hizo, abrió sus ojos lentamente y su mirada aniñada le dijo que nada sabía y que nada había cambiado en su interior.

-Estoy roto – le dijo. Su novio inmediatamente se sentó en la cama y lo levantó. Era fuerte, él debía de imitarle. – Falleció…

-¿Quién? – preguntó, mientras lo abrazaba fuertemente como si intentara juntar los pedazos de él para volver a formar una sola persona.

- Ella… -  su voz sonaba muy débil y se quebró en la última vocal, comenzando a llorar otra vez.

Su novio lo abrazó como si fuese lo último que haría en esa vida mientras sus lágrimas se mezclaban con las contrarias. Fuera el sol comenzaba a salir y la vida lentamente despertaba. Pero ellos no, ellos nunca más iban a despertar y mucho menos de su dolor, del dolor de sus familiares.
Por que, sin saberlo, ellos se habían ido muy lejos y la persona que les lloraba era ella. Ya no se podía escuchar su risa risueña y sus ojos color cielo estaban cerrados, se negaban a ver el departamento donde los habían encontrado muertos luego de un escape de gas, se negaba a ver que se había quedado sola, en un psiquiátrico, por haber inventado dos personajes. Por tener amigos imaginarios, gays,  a la edad de 25 años.
Se balanceó de adelante hacía atrás dejando escapar por sus labios a su risa, risueña, mientras volvía a imaginar. Pero esta vez, se iba a asegurar de que tuviese un final feliz; quizás con hijos, una casa y un perro. Un Ovejero Belga. 

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